Ojala pudieras hablarme

La semana pasada fue potente y supuso para mí un desgaste mental importante.

 

El fin de semana Sara se puso malita. Sara habla, puede decirme qué siente, qué quiere o qué no quiere, qué necesita y eso facilita las cosas. Esas dos tardes Maialen se enfadó y enfadada es potente. Maialen no habla, no puede decirme qué siente, qué quiere o qué no quiere, qué necesita así que en una situación así tienes que intentar adivinar qué está pasando. Le ofrecí bebida por si tenía sed, no funcionó. Le ofrecí comida por si tenía hambre, no funcionó. Le llevé a la cama por si lo que quería era descansar, no funcionó. Caminamos un poco por si lo que quería era caminar, no funcionó. Nada funcionaba y Sara también me reclamaba como es normal. Sentía que no llegaba a todo, que tenía que atender a las dos y no podía porque era incapaz de controlar la situación.

 Es duro y sientes una gran impotencia y rabia, mucha rabia. Malas aliadas.

 

El martes tuve la ayuda de mi madre que al ver que la situación empezaba a ser insoportable empezó a decir "¡Dios mío, Dios mío dónde estás!", mi respuesta mejor no la digo... Sólo diré que empecé a llorar porque llegó un momento en el que sentía que no podía más.

 

Con Maialen he aprendido a no llorar sola. Siempre he evitado llorar delante de mi familia pero ahora si estoy con mi madre y no puedo más, lo hago. Lo hago por eso, porque no puedo más.

 

El miércoles fue el día de tregua. Pude ir a mi clase de crossfit y liberar la cabeza. Nunca había hecho deporte y ahora mismo mis clases de crossfit se han vuelto indispensables para mí. También tengo mis días en las que las cosas salen y otros días lo que sale es un churro pero el hecho de ir e intentarlo ya supone un chute de oxígeno.

 

Después de recuperarse Sarita la que se puso malita el viernes fue Maialen. Ver sus ojitos tristes hizo que la impotencia y la rabia se fuesen y apareciese el amor más incondicional. No pudo decirme qué sentía, ni qué quería pero no me importó, cogí aire y le cuidé. Hice lo que creía que necesitaba cada momento y al ver que todo era tranquilo me sentí bien conmigo misma.

Esa tarde volví a tener la ayuda de mi madre que me liberó un rato para poder atender a Sara y la verdad es que disfrutamos mucho haciendo cosas las dos juntas pero a última hora de la tarde ya no era persona, estaba física y, sobre todo, mentalmente agotada. Una semana potente puede con cualquiera.

 

Ojala pudiera hablarme, sólo una palabra lo cambiaría todo. Ojala pudiese señalarme dónde le duele pero tampoco puede. Siempre he dicho que me lo da todo sin decir ni una sola palabra pero a veces las necesito tanto... Le conozco muy bien y hay días en los que valoras la situación y sabes por dónde van los tiros pero hay otros días, como la semana pasada, que te quedas sin recursos porque has gastado todas las opciones y te vienes abajo.

 

Sara es un regalo y su posición tampoco es fácil. El otro día quiso que me tumbase con ella en la cama, me abrazó y tuvimos una pequeña conversación.

- Amatxo, ¿Maialen por qué tiene el brujo rett?

- Porque es un brujo.

- Pero ¿Por qué le ha hechizado? A mi no me ha hecho nada.

- Pues no lo se, cariño.

- ¿Por qué no habla? Y de pronto empezó a llorar.

- ¿Por qué lloras, cariño?

- Porque quiero que me hable.

- Yo también.

 

Sólo pude abrazarle.

A veces un abrazo dice más que todas las palabras del mundo.