O te comes el mundo, o el mundo te come a ti

La última vez que me senté a escribir en mi rinconcito estaba mal, bastante mal. La sensación de impotencia era enorme. Esa tarde lloré mucho y la mañana siguiente seguía tocada e hice lo mejor que pude hacer, me puse los guantes de boxeo y dejé salir toda la mierda, toda la rabia y aunque la sensación de impotencia era demasiado grande también pude quitarme parte de esa carga.
Eso si, estuve toda la mañana y parte de la tarde cruzando dedos para que Maialen tuviese una tarde tranquila o por lo menos un poquito mejor que la anterior aunque, viviendo lo que vivimos, con que fuese un poquito mejor era suficiente para poder coger aire.

Esa tarde Maialen estuvo maravillosa, tranquila como hacía tiempo que no estaba y claro, si ella está bien, todo lo demás está bien.
Sentí que a pesar de todos mis fallos soy buena madre, sentí que no puedo quererle más, ver esas sonrisas después de la tormenta ayudan a seguir peleando. Sentí que a pesar de todo, a pesar de todas las caídas sigo teniendo fuerzas para ponerme de pie. Por ella voy al fin del mundo aunque el camino sea cuesta arriba.

La última vez escribí que estoy cansada de bailar siempre con la más fea y es cierto, la vida me ha dado dos palazos de los que te dejan marca para el resto de tu vida.
He vivido dos tsunamis de los que no sabes si el mundo está girando en sentido contrario o eres tú quien está boca abajo y a pesar de todo sigues adelante porque no te queda otra, el mundo no se va a parar a esperarte, el mundo lleva un ritmo que a veces da miedo pero todos, absolutamente todos, tenemos derecho a bajarnos de la montaña rusa para poder poner otra vez los pies en el suelo, la cabeza encima de los hombros y la mirada fija en el gran objetivo que tengas marcado.

La semana pasada necesité bajarme de mi montaña rusa porque la tarde del miércoles fue demasiado dura como para poder seguir adelante sin tomarme un respiro pero con la tarde maravillosa del jueves tuve suficiente para volver a ponerme de pie y decir que el mundo no me va a comer, me lo comeré yo.

Con Maialen he aprendido muchas cosas. Con ella descubrí que era más fuerte de lo que siempre había pensado, aprendí lo que es darte de bruces contra el suelo pero también aprendí que hay heridas que duelen más que otras, que cada una de ellas necesita su tiempo para curarse y que con la práctica en vez de caerte del todo apoyas las manos y una rodilla y vuelves a levantarte.

Gracias a la maravillosa tarde del jueves decidí darle un patadón a la tarde del miércoles y aquí estoy, tranquila, con la cabeza despejada, sintiéndome bien, con los pulmones llenos de aire y dispuesta a seguir plantando cara a todo lo que venga.
Tengo una mochila llena de tiritas que seguro me seguirán haciendo falta pero en vez de ser de esas feas marroncitas las tengo de colorines que así por lo menos hará más bonita la herida.

O te comes el mundo, o el mundo te come a ti y nosotras nos comeremos el mundo y lo que haga falta.

Cruzo dedos para tener una buena semana.